La única verdad que existe es el devenir. El paso de la historia todo lo arrastra; lo malo y lo bueno; transformando lo que se creía eterno en caduco; lo nuevo e innovador en viejo y retrógrado; la verdad relativa en mentira absoluta. A esta ley inapelable, solo los necios se atreven a desafiar porque el proceso dialéctico es imparable.
El capitalismo fue una verdad histórica porque era una necesidad lógica. Venció al feudalismo que se había convertido en un obstáculo para el desarrollo humano. La burguesía lo destruyó con las armas de la “libertad” y la “democracia”. Pero el capitalismo ha cubierto su etapa y aquellas verdades de la burguesía triunfante han caducado erigiéndose en escollo para el progreso moderno. El sistema capitalista ya no puede resolver los problemas que plantea la sociedad contemporánea: económica, social, cultural, moral…
La burguesía vieja y retrograda se aferra a sus privilegios y consciente de que se acerca su hora final no repara en gastos para retardar la muerte que acecha.
Más, por muchos miles de millones de dólares y euros que inviertan en propagar la eternidad del capitalismo, por muy generosamente que premien a los traidores para que apaguen el fuego de la esperanza de la clase obrera, por muchos fracasos que acumulen los trabajadores y sus organizaciones revolucionarias, sólo podrán retrasar un imperceptible minuto en la eternidad histórica.
Esas voces: No más desigualdad, no más explotación, se acercan con sones acompasados en crescendo hasta que un día su potencia revienten los tímpanos de los oídos sordos y su ímpetu haga saltar añicos el cuerpo corrupto de la reacción.
Son voces soñolientas aún, porque la clase obrera no está muerta como pretenden, solo está sumida en un breve sueño de reflexión y reparador.